anécdota
Cogí aquel bolso. Aún no logro entender por que lo hice, no tenía por qué hacerlo pero no podía dejar de atender a su llamada tan silenciosa como insistente.
Me lo llevé. ¡Sí! Nunca había hecho nada parecido, me lo colgué al hombro y salí a la calle como si siempre hubiese sido mío.
Llegué a la parada del autobús, tuve que rebuscar por dentro para intentar encontrar una cartera. Finalmente hallé un monedero con varios euros sueltos. Pagué y lo volví a introducir en su interior.
Me bajé en el CORTE INGLÉS, lo reafirmé sobre mi hombro de nuevo, aprovechando para soltar la parte de melena que se había quedado atrapada bajo su tira.
Paseé por todos los pasillos de la Moda de Mujer. Me probé varios pantalones y camisas, alguna que otra chaqueta, para acabar comprando un par de trapos sin importancia y un nuevo bolso.
Atiné con la cartera a la primera, saqué una de las tarjetas y pagué. Felizmente no me pidieron el DNI.
Salí sin prisas, con mi bolsas, pero…
Algo se cruzó por mi cabeza. Regresé y busqué a un guardia de seguridad como si en ello me fuese la vida.
—Perdón, he cogido este bolso por equivocación. No es mío. No sé cómo ha podido ocurrir. ¿Podría hacerme el favor de guardarlo? Su dueña debe estar profundamente preocupada.
Allí lo dejé. Me fui a mi casa con el bonobús que llevaba en el pantalón.
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