FRÍO Y TRONCO O TRONCO Y FRÍO.
-Sólo una cosa, señorita. La radio déjela encendida mientras me quede un soplo de vida – me lo dijo como una súplica de obligado cumplimiento. -No puedo hacerlo, crea interferencias con los demás aparatos. Sólo serán unos días, se lo prometo. -Usted no lo entiende, deje la radio y llévese sus aparatejos. No pude convencerlo de ninguna de las maneras posibles. Esperé a que se quedara dormido, para quitársela. No fue difícil, no se enteró. La radio estaba apagada, pero mantenía las luces encendidas y el dial daba vueltas, era una radio de bolsillo de las de hace mil años. No funcionaba. Sonreí para mis adentros, cuando en realidad experimentaba una profunda lástima. -No se ría señorita -dijo una anciana que se encontraba en la puerta-. Él ya no me conoce pero recuerda mi voz y la busca incansablemente en la radio. Busca la voz de cuando éramos jóvenes, la que se perdió en el paso del tiempo, la que no volverá, pero a veces en su enfermedad logra sintonizar con ella y sonríe. Su cara se ilumina, y entonces es cuando piensa que ya puede morir en paz, por que mi voz lo acompañará al viaje del más allá. Aquella confesión que venía de una persona tan menuda como angelical me dejó pensativa. -Hágale caso, deje la radio donde estaba- me instó cariñosamente. -¿Usted trabajó en la radio? -¡Oh, no! Es mucho más sencillo que todo eso. Yo fui su mujer hasta que su memoria me anuló. Por las noches él se quedaba profundamente dormido escuchando la radio, y yo me acurrucaba en su oído y le contaba historias de amor, de nuestro amor. Por eso, él me busca, en su cabeza solo ha quedado la voz que le contaba historias y que lo enamoraba noche tras noche. -¿Y él nunca se enteró de que era usted la que le hablaba? -Nunca me dijo nada ni yo a él. Su secreto y el mío quedaron siempre bien guardados.
CARTAS DE AMOR
Mi más que apreciado señor Eduardo:
Ahora que todo pasó y ya nada nos une, debo confesarle que nadie como Ud., ha hollado con tanta fuerza en mi corazón.
El recuerdo me dañará tantos años como logre vivir, y su ausencia será para mí el castigo por soñar.
Los silencios se pegan en mi garganta y acallan su nombre. No puedo dejar que la desolación haga presa de mí, debo intentar que el olvido anide en mi cabeza y en mi pecho para que el dolor se haga cada vez un poco menos funesto, y un poco menos angustioso.
Sí, eso es, la angustia de no poderlo tener próximo a mí, de saberlo envuelto por los brazos de otra mujer, atado a los besos de otra dama, aunque no lo sea, pues la buena educación ha de primar sobre todo, eso, eso y no otra cosa es lo que me está matando por dentro.
Imagino que Ud., mi señor del alma, gozará hasta el infinito de los placeres de ese dulce licor que emborracha los sentidos, y que gustaría de dejar en el pasado mi nombre y apellidos.
Por otra parte, como sin duda sabrá yo me hubiese dejado segar la vida por agradarlo y servirle, aunque eso no haya sido nunca suficiente para calmar la sed de deseo infernal que le posee en estos momentos.
No quisiese caer en el apostolado, de mi señor Dios, pero no dudo de que por su actuación frívola y desmedida será condenado por los siglos de los siglos a quemarse en el infierno, y bien a mi pesar, que le lloraré y rezaré por su alma hasta que no me quede una gota de saliva ni un sacramento de aire.
Saberlo vivo y feliz, antes bien de ser un consuelo para mí, es un tormento espantoso y cruel pues el sólo hecho de pensar que cualquier día de los que acontece en mi devenir diario podrían cruzarse nuestros caminos es la peor de las condenas que me podrían infligir en vida.
No soportaría el escarnio público de sonrojarme al apreciar esa mirada negra y furtiva que roba las engalanadas prendas que guardan el deseo femenino, esa arrogancia en su vestir y andar, esa altanería en sus modales y esa sonrisa que promete cielos claros que sólo provocan tempestades.
Y si tuviera el cielo a bien, que digo a bien, a mal y peor que mal, el mostrármelo en compañía de una potranca joven y garbosa, Dios no lo quiera nunca, me mataría al instante clavándome la daga hiriente de los celos y desamores.
Por eso me atrevo a pedirle o a suplicarle aún si fuese necesario, de rodillas, que no aventure a poner sus pies cerca de mi casa, que evite en lo que pueda ser visto por estos ojos que no hacen otra cosa que morir en lágrimas de lava hirviente que queman todo lo que encuentran a su paso. Y que si algún día recibiese una misiva distinta de esta pidiéndole lo contrario que la queme sin miramientos y recuerde esta primera que le envío punto por punto.
Si aconteciese que me diese muerte, no se sienta Ud. culpable mi muy bien amado Eduardo, antes bien, ríase y festéjelo, pues sólo la locura que me posee desde que uní mis manos a las suyas será la culpable de tan tamaña felonía.
Me despido de usted con la sana intención de no molestarlo más, y ruégole encarecidamente que saque al olvido de su casa y me lo mande como única carta de respuesta.
Agradecida por su tiempo robado se despide cariñosamente Claudia De las Chinches.
RECUERDOS ENCADENADOS
A veces recuerdo la mar en calma, el murmullo de las olas, el olor a salitre, y veo tus ojos en el cielo dibujados.
Tus ojos, esa mirada limpia y verde azulada, como si en ella cupiesen todos los océanos del planeta.
Océanos cubiertos de plata, de amor y tesón, de vida y orgullo, de sangre y sal, que recorren mis venas cuando en ti vengo a pensar.
Tu mano en la mía, tu alma al ras de mi vida, tus alas invisibles que todo lo rodean, Tu calor en mi mejilla, tu sudor en mi frente, tus pensamientos en mi cabeza, y ahora, ahora ya no puedo tenerte.
Te tuve en mis noches, en mis mañanas, en las flores, en la primavera, en el estío y en el frío invierno. Ahora todo se vuelve otoño, tiempo de recuerdos, de hojas caídas, de grises nubes, de lluvia en el viento.
Viento que me trae el sonido de tu risa, el aliento de tu boca, el murmullo del mar, de nuestro mar, del que nos vio amar, soñar, volar, y olvidar
¿Olvidar? No puedo hacerlo, no contigo, que te llevo dentro, llevo tu cariño, metido en el monedero, y cuando me siento triste lo cambio en sentimientos para que no se me acabe y siempre tenga algo de el suelto.
Solté las amarras, sin pensar que si algún día podía volver ya no estarías varado en la playa, no caí en las mareas, ni en los vientos, ni en las olas que se te llevaron a otro puerto.
Puertos de tierra y rocas, de acantilados y malecones, de hormigón y gaviotas que saludan al viajero.
Viajé tierra adentro y me dejé olvidado lo único que tengo, a mi amigo, a ese que tanto quiero, lo dejé repleto de dolor y llanto.
Lágrimas que derramaste en la despedida, cuando me dijiste. ¿Por qué te vas vida mía? Y yo no supe que contestarte por que mis palabras eran mudas, y tus lágrimas cantos.
Canciones de soledad, canciones de amistad, canciones que intercambiamos en el silencio.
Silencio mudo, y emoción en la piel y en el corazón abierto, se nos abrió un sima como un tajo de puñal acerado.
Acero se hizo el mundo, blandiendo espadas de sortilegios, quedamos separados, ya no había remedio.
Remediamos nuestras penas con cartas y teléfono. El frío se nos quedó dentro. Sabíamos que estábamos condenados para siempre al recuerdo.
Recuerdo el mar, tus ojos, tus manos, recuerdo que eras mi amigo y lo sé por que lo noto por que te llevo dentro.
Cogí aquel bolso. Aún no logro entender por que lo hice, no tenía por qué hacerlo pero no podía dejar de atender a su llamada tan silenciosa como insistente.
Me lo llevé. ¡Sí! Nunca había hecho nada parecido, me lo colgué al hombro y salí a la calle como si siempre hubiese sido mío.
Llegué a la parada del autobús, tuve que rebuscar por dentro para intentar encontrar una cartera. Finalmente hallé un monedero con varios euros sueltos. Pagué y lo volví a introducir en su interior.
Me bajé en el CORTE INGLÉS, lo reafirmé sobre mi hombro de nuevo, aprovechando para soltar la parte de melena que se había quedado atrapada bajo su tira.
Paseé por todos los pasillos de la Moda de Mujer. Me probé varios pantalones y camisas, alguna que otra chaqueta, para acabar comprando un par de trapos sin importancia y un nuevo bolso.
Atiné con la cartera a la primera, saqué una de las tarjetas y pagué. Felizmente no me pidieron el DNI.
Salí sin prisas, con mi bolsas, pero…
Algo se cruzó por mi cabeza. Regresé y busqué a un guardia de seguridad como si en ello me fuese la vida.
—Perdón, he cogido este bolso por equivocación. No es mío. No sé cómo ha podido ocurrir. ¿Podría hacerme el favor de guardarlo? Su dueña debe estar profundamente preocupada.
Allí lo dejé. Me fui a mi casa con el bonobús que llevaba en el pantalón.