Escribir Con El Final
El parque estaba inundando. Tras semanas de lluvias, la fuente comió terreno al césped y todo era agua por donde se mirara. Algunos niños soplaban a barquitos de papel por aquella fuente gigante, otros, con botas de lluvia, saltaban por cualquier lado gritando.
Más tarde, algunos de nosotros fuimos a beber unas litronas frente aquel mar. Las caras largas, bebiendo, dieron paso a algunas sonrisas y charlas sin sentido que llenaron de vacio una bonita noche de invierno. Helados, temblando y al cielo las primeras caladas de costo se fueron volando.
Un mendigo se acercó borracho. Como una perra cantaba serenatas y hablando en persa nos quitó una litrona. Tras decirle mil veces hijodeputa y ver que no la soltaba, alguien se levantó y lo empujó a un charco.
Empapado, sonriente, decía llamarse Diego. Hablaba con un marcado acento gallego. Nos contaba que sólo quería nadar en aquel mar cordobés y mojarse por dentro con nuestra cerveza.
Me cayó simpático. Al contrario que al resto del grupo. Algunos se lanzaron a por él. Los golpes no cesaban y cuando se cansaron y algunos con las manos rojas estaban sudando, lo dejaron tirado en un banco. Se reían del pobre vagabundo gallego y comenzó a llover de nuevo…
Guemes
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Mª José -